Dejad de decirme que tenga cuidado
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Dejad de decirme que tenga cuidado

“Te vas  a caer”, “No, ahí no te subas”, “Ten cuidado”, “Como te caigas cobras”, “Es que te lo dije”, “Te vas a abrir la cabeza”, “Luego no vengas llorando”…

¿Cuántas veces decimos estas frases a lo largo del día? Si pasas una tarde en un parque observando y escuchando atentamente te vas a sorprender de la cantidad de veces que los padres podemos llegar a decirlas. Las últimas (con amenaza incluida) por suerte las oigo cada vez menos.

Entiendo el miedo, todos las madres y padres (y profes) del mundo lo sentimos, pero de verdad que no hay nada más incapacitante para el cerebro que oír todo el rato “te vas a caer” porque la mente se lo cree, ella es así.

¿Has oído hablar de la profecía autocumplida?

Es una predicción que una vez hecha, es, en sí misma, la causa de que se haga realidad. Cuando te repites constantemente a ti mismo “no puedo, no puedo”, por ejemplo, el cerebro lo hace suyo y finalmente te crees que no puedes. Pues digamos que con la frase “te vas a caer” pasa algo similar. Si la figura en quien más confía tu pequeño le está diciendo constantemente que se va a caer, tu hijo terminará cayéndose muchas más veces de las que a priori iba a hacerlo. Créeme.

Por otro lado, no hay nada de malo en que un niño se caiga (no estoy hablando de caídas desde 5 metros de altura o de dejar que corran riesgos innecesarios o peligrosos), en esos casos por supuesto que hay que intervenir, me refiero a ver peligros por todas partes en actividades normales que deberían hacer todos los niños, como puede ser trepar un árbol, subir a un columpio, hacer equilibro en el borde del parque, montar en bici, correr, patinar…

Nuestra forma de dirigirnos a los niños condiciona necesariamente las posibilidades de su realización como seres humanos plenos. Si constantemente les estamos transmitiendo la idea de que no son capaces de hacer cosas por sí mismos, de arriesgarse, de ponerse a prueba, conseguiremos niños miedosos, inseguros, con cero confianza en sus posibilidades, incapaces de asumir riesgos y tomar decisiones. Y no queremos eso, ¿verdad? Hay que ser prudentes, sí, pero tener claro cuál es un peligro real y cuál es fruto de nuestros propios miedos como adultos.

La percepción que el niño se crea de él mismo desde bien temprano tiene luego mucho que ver con su autoestima, por eso es importante que el niño sienta que es capaz, que va adquiriendo diferentes logros por sí mismo. Por supuesto, hay muchas más variables que influyen en la adquisición de la autoestima, además de que este concepto difiere según unas corrientes psicológicas u otras, pero lo que sí está demostrado, es que el lenguaje, la forma de dirigirnos a los niños, influye. Decirles constantemente frases como las que yo os ponía de ejemplo al principio, pueden acabar minando la confianza del niño.

Así que os planteo, que en la medida que os sea posible, acompañéis en silencio a vuestros hijos, simplemente, callados, observando. No obstante, si no somos capaces de mantenernos en silencio porque nos cuesta muchísimo, podemos enseñarles la mejor manera de hacerlo paso a paso (“Observa donde está el borde de la acera y dónde está tu pie”, “Prueba a poner los pies o manos de esta manera”, “Observa cómo este columpio está resbaladizo”). O enseñarles el entorno con antelación, o mostrarles la mejor manera de caerse (en las clases de patinaje de mi hija es lo primero que han hecho) o mostrarles previamente los materiales y juguetes más delicados y la forma de usarlos con suavidad. También podemos hacerles preguntas:  ¿Qué puedes usar en lugar de ese palo puntiagudo?, ¿Tienes suficiente espacio para pasar?, ¿Cuál de las piedras del río está más plana y está más cerca?, ¿Cuál es la rama que aguantará más tu peso?, ¿Te das cuenta de que hay muchos niños a tu alrededor? O cambiar el tipo de frases que os ponía de ejemplo en el principio del post, por otras más motivadoras: “Me quedo aquí detrás por si necesitas mis brazos para apoyarte”, “Sé que puedes hacerlo sola”, “Qué bien que te animas a subir más alto, yo me quedo abajo por si necesitas ayuda”, “Atención al equilibrio”.

Y si no nos sale, por lo menos intentad ser sinceros: “Cariño, yo sé que tú puedes hacerlo pero es que mamá/papá tiene miedo, no lo puedo evitar”.

Por otro lado, frases como “ten cuidado” son poco concisas, tus hijos pueden preguntarse ¿cuidado con qué exactamente? Los niños necesitan indicaciones claras y concretas para saber qué se espera de ellos, qué deben hacer en cada momento y saber qué pasará si no tienen ese cuidado que les pedimos.

Si lo haces de esta nueva manera estarás ayudando a tu hijo a tomar conciencia de su cuerpo y del entorno en vez de condicionarle a no hacerlo. Los niños necesitan explorar, trepar, saltar, correr, en definitiva afrontar retos y sentir que son capaces de superarlos. Y si se caen, en vez de reñirles, enséñales que lo más importante es volver a levantarse.

Así que la próxima vez que sientas la tentación de decirle a tu hijo “te vas a caer” o “ten cuidado” piensa ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que se haga una herida, un raspón, un chichón? ¿Este miedo qué estoy sintiendo tiene que ver con un peligro real o con algo interno mío? ¿De qué manera podría fomentar yo que resolviera la situación por sí mismo?

Y a vosotr@s, ¿se os ocurren más frases motivadoras?

Déjalas en los comentarios o preguntad cualquier duda que tengáis con este tema y lo vemos juntos 🙂

 

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lalbdi@hotmail.es
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