De mayor quiero ser funcionaria
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De mayor quiero ser funcionaria

«Todo el mundo es un genio pero si juzgas a un pez por su habilidad de trepar un árbol, pasará el resto de su vida creyendo que es un idiota» A. Einstein

Faltan unas pocas horas para que maestros de toda España sepan la nota que han sacado en los exámenes de la primera parte de las oposiciones de educación. Unos exámenes donde prima la memorización por encima de todo ya que en dos horas tienes que “vomitar” lo que hayas conseguido aprenderte del temario.

Temas donde se habla de la gran importancia que tiene el aprendizaje significativo, de aprender a aprender, de partir del nivel de desarrollo del alumno, de la intuición, del juego… Eso sí, la oposición, te la aprendes de memoria.

Así que si los futuros maestros de nuestros hijos por muchas ganas que tengan de cambiar las cosas (los hay que se resisten también eh 🙂 ) se encuentran ante una forma de acceder al trabajo de sus sueños obsoleta, injusta y sin mucha razón de ser, cómo vamos a pretender que enseñen a los alumn@s desde otra perspectiva. Si a eso le añadimos que cada dos por tres cambian las leyes, las aulas tienen ratios inasumibles, la ingente burocracia, y un largo etcétera cabe esperar que sea una labor titánica cambiar las cosas.

Además la manera de enseñar de la escuela tradicional es totalmente opuesta a la manera que tiene de aprender el cerebro y esto desde la neurociencia se está diciendo desde hace ya mucho tiempo.

El sistema tradicional de enseñanza se basa en la capacidad de retención de información, en la mera acumulación de conocimientos. Desde la neurociencia y distintos campos del conocimiento se insiste en que los cerebros son iguales anatómicamente  (dos hemisferios, hipotálamo, lóbulo parietal, etc.,) pero que en cuanto al procesamiento de la información tanto los adultos como los niñ@s establecen conexiones neuronales de manera totalmente única y distinta.

La forma en la que un niño aprende una materia es única mientras que al maestro se le pide que entre a un aula a transmitir un único conocimiento en tiempo y forma sin tener en cuenta los diferentes ritmos de aprendizaje de su alumnado.

Y no estoy hablando de estilos de aprendizaje preferente (visual, auditivo, etc.,) que han dado lugar a uno de los neuromitos más extendidos entre los docentes (la idea de que mejora el aprendizaje individual si la información aportada se da en el estilo de aprendizaje preferente) sino de respetar los ritmos y momentos evolutivos de los niñ@s. De saber observar en qué periodo sensible está, cuál es su interés, qué le motiva.

Tampoco se tiene en cuenta que el cerebro procesa la información en función de su propia experiencia previa, esto quiere decir, que la experiencia previa con la que llega un niño a clase (si ha dormido los suficiente, ha tomado un desayuno nutritivo, si tuvo alguna discusión o pelea con sus figuras de apego, etc.), va a influir considerablemente en su aprendizaje.

Otra cosa que siempre me ha llamado la atención es que en nuestro sistema educativo se penaliza el error, es decir que si sacas malas notas es que no sabes. Y a un niño ya desde infantil se le está evaluando cuantitativamente en vez de cualitativamente que es cómo debería ser. No hay ningún estudio científico que avale que los instrumentos de evaluación actuales respondan o midan fielmente lo que sabe un alumno, sin embargo las notas en papel siguen siendo el principal medidor. Las calificaciones tal y como las conocemos no sirven para nada. Más allá de crear un estigma de “mal estudiante” para el que las recibe.

 ¿Un niño que saca un cinco en un examen significa que sabe la mitad que el que tiene un 10? ¿Y si un niño pasa de un notable a un sobresaliente significa que se ha esforzado más que el que pasa de un 2 a un 4?

El segundo ni siquiera ha aprobado y a lo mejor se ha esforzado mucho más que el del 10.

 

Sería mucho más provechoso hacer informes cualitativos que poner una nota numérica, informes dónde se dieran a conocer los puntos fuertes y débiles de los alumnos y también usar la autoevaluación, pero para ello no debería haber una ratio tan elevada de alumnos por clase ya que este tipo de evaluación requiere esfuerzo, tiempo, observación continuada, registros…

Es importante haber introducido previamente el concepto de autoevaluación en el niño desde infantil, a través de materiales autocorrectores ya que como decía María Montessori, “éstos corrigen por si mismos los errores y permiten que el niño se eduque a sí mismo” y no utilizar premios ni caritas que solo consiguen que el niño busque la aprobación externa constantemente.

Lo importante no debe ser una nota sino saber si el alumno está aprendiendo. Las evaluaciones deben servir para detectar problemas o dificultades que están teniendo los niños para aprender, y de esta manera poner soluciones.

Entonces os preguntaréis: ¿Exámenes sí o no?

No, si solo es memorístico y además el maestro lo pone “sorpresa” para pillar ¿Qué sentido tiene? Tiene que servir para evaluar el conocimiento, no para suspender. Lo ideal es que cada alumno de antemano sepa los objetivos que tiene que alcanzar y él mismo cuando se vea preparado se lo haga para comprobar si ha adquirido los conocimientos que él/ella había creído tener. Puede ser escrito, pero también oral para contárselo a sus compañeros. En este caso, me parece que un examen sí puede servir.

Queremos hij@s y alumn@s emprendedores, capaces de enfrentarse a la vida, con actitud positiva, analíticos, respetuosos, con pensamiento crítico, empáticos, solidarios y una larga lista de cualidades que una sola nota numérica no va a poder evaluar nunca.

Además y lo más importante que hay que tener en cuenta es que aprobar no es lo mismo que aprender.

Y tú, ¿qué crees?

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admin
lalbdi@hotmail.es
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